martes, 10 de febrero de 2009

MENSAJE DE BENEDICTO XVI SOBRE LA CUARESMA


VATICANO - En el Mensaje para la Cuaresma el Papa recuerda que el ayuno "para los creyentes es, en primer lugar, una “terapia” para curar todo lo que les impide conformarse a la voluntad de Dios”
Ciudad del Vaticano: En su Mensaje para la Cuaresma 2009, titulado "Jesús, después de haber ayunado cuarenta días y cuarenta noches, tuvo hambre" (Mt 4,2), el Santo Padre Benedicto XVI se detiene en el valor y el sentido del ayuno. "La Cuaresma nos recuerda los cuarenta días de ayuno que el Señor vivió en el desierto antes de emprender su misión pública" escribe al Papa. “Podemos preguntarnos qué valor y qué sentido tiene para nosotros, los cristianos, privarnos de algo que en sí mismo sería bueno y útil para nuestro sustento”.El Santo Padre, citando diversos pasajes del Antiguo Testamento, comenzando por el libro del Génesis, pone en evidencia el hecho de que "puesto que el pecado y sus consecuencias nos oprimen a todos, el ayuno se nos ofrece como un medio para recuperar la amistad con el Señor". En el Nuevo Testamento, Jesús explica diversas veces la razón profunda del ayuno, "estigmatizando la actitud de los fariseos, que observaban escrupulosamente las prescripciones que imponía la ley, pero su corazón estaba lejos de Dios": "el verdadero ayuno… consiste más bien en cumplir la voluntad del Padre celestial, que “ve en lo secreto y te recompensará” (Mt 6,18). Él mismo nos da ejemplo al responder a Satanás, al término de los 40 días pasados en el desierto, que “no solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mt 4,4). El verdadero ayuno, por consiguiente, tiene como finalidad comer el “alimento verdadero”, que es hacer la voluntad del Padre (cfr. Jn 4,34).,… con el ayuno el creyente desea someterse humildemente a Dios, confiando en su bondad y misericordia". La práctica del ayuno estuvo muy presente en la primera comunidad cristiana, y también los Padres de la Iglesia hablan "de la fuerza del ayuno, capaz de frenar el pecado, reprimir los deseos del “viejo Adán” y abrir en el corazón del creyente el camino hacia Dios. La práctica del ayuno está muy presente en la primera comunidad cristiana”.“En nuestros días, parece que la práctica del ayuno ha perdido un poco su valor espiritual y ha adquirido más bien, en una cultura marcada por la búsqueda del bienestar material, el valor de una medida terapéutica para el cuidado del propio cuerpo" destaca el Papa, subrayando que "ayunar es bueno para el bienestar físico, pero para los creyentes es, en primer lugar, una “terapia” para curar todo lo que les impide conformarse a la voluntad de Dios". Benedicto XVI invita a continuación a retomar la Constitución Apostólica Pænitemini del Siervo de Dios Pablo VI, para valorizar "el significado auténtico y perenne de esta antigua práctica penitencial, que puede ayudarnos a mortificar nuestro egoísmo y a abrir el corazón al amor de Dios y del prójimo”.Además la práctica del ayuno contribuye "a dar unidad a la persona, cuerpo y alma, ayudándola a evitar el pecado y a acrecer la intimidad con el Señor… Privarse del alimento material que nutre el cuerpo facilita una disposición interior a escuchar a Cristo y a nutrirse de su palabra de salvación. Con el ayuno y la oración Le permitimos que venga a saciar el hambre más profunda que experimentamos en lo íntimo de nuestro corazón: el hambre y la sed de Dios. Al mismo tiempo, el ayuno nos ayuda a tomar conciencia de la situación en la que viven muchos de nuestros hermanos… Al escoger libremente privarnos de algo para ayudar a los demás, demostramos concretamente que el prójimo que pasa dificultades no nos es extraño”.El Santo Padre invita después a las parroquias y todas las comunidades "a intensificar durante la Cuaresma la práctica del ayuno personal y comunitario, cuidando asimismo la escucha de la Palabra de Dios, la oración y la limosna. Este fue, desde el principio, el estilo de la comunidad cristiana, en la que se hacían colectas especiales y se invitaba a los fieles a dar a los pobres lo que, gracias al ayuno, se había recogido”.El Mensaje concluye subrayando que "el ayuno representa una práctica ascética importante, un arma espiritual para luchar contra cualquier posible apego desordenado a nosotros mismos", y " tiene como último fin ayudarnos a cada uno de nosotros, como escribía el Siervo de Dios el Papa Juan Pablo II, a hacer don total de uno mismo a Dios. Por lo tanto, que en cada familia y comunidad cristiana se valore la Cuaresma para alejar todo lo que distrae el espíritu y para intensificar lo que alimenta el alma y la abre al amor de Dios y del prójimo. Pienso, especialmente, en un mayor empeño en la oración, en la lectio divina, en el Sacramento de la Reconciliación y en la activa participación en la Eucaristía, sobre todo en la Santa Misa dominical". Benedicto XVI invoca la intercesión de la Beata Virgen María, Causa nostrae laetitiae, para que nos acompañe en el camino cuaresmal "y nos sustente en el esfuerzo de liberar nuestro corazón de la esclavitud del pecado para que se convierta cada vez más en “tabernáculo viviente de Dios”. (S.L) (Agencia Fides 26/2/2009)

martes, 27 de enero de 2009

PALABRAS DS BENEDICTO XVI EN LA BASÍLICA DE SAN PABLO EXTRAMUROS


Ciudad del Vaticano. “La conversión de san Pablo nos ofrece el modelo y nos indica el camino para ir hacia la unidad plena. La unidad de hecho requiere una conversión: de la división a la comunión, de la unidad herida a la unidad curada y plena. Esta conversión es un don de Cristo resucitado, como sucedió con san Pablo”. Son las palabras pronunciadas por el Santo Padre Benedicto XVI en la Basílica de San Pablo Extramuros, donde presidió en la tarde del domingo 25 de enero la Celebración de las segundas Vísperas en la solemnidad de la Conversión de San Pablo Apóstol, con las que se concluyó la Semana de la Oración por la Unidad de los Cristianos.
“La conversión implica dos dimensiones – explicó el Santo Padre en la homilía –. En el primer paso se conocen y se reconocen a la luz de Cristo las culpas, y este reconocimiento se convierte en dolor y arrepentimiento, deseo de un nuevo comienzo. En el segundo paso se reconoce que este nuevo camino no puede venir de nosotros mismos. Consiste en dejarse conquistar por Cristo... La conversión exige nuestro sí, mi ‘correr’ no es en última instancia una actividad mía, sino un don, un dejarse formar por Cristo; es muerte y resurrección... Y solo en esta renuncia a nosotros mismos, en esta conformidad con Cristo estamos unidos también entre nosotros, nos convertimos en ‘uno’ en Cristo. Es la comunión con Cristo la que nos da la unidad”.
Comentando el tema escogido para la Semana de Oración de este año – “Estarán unidas en tu mano” (Ez 37, 17) – el Pontífice señalo que en este texto bíblico del profeta Ezequiel “se presenta el gesto simbólico de los dos palos unidos en la mano del profeta, que con este gesto representa la futura acción de Dios”. La primera parte del capítulo 37 contiene la célebre visión de los huesos secos y de la resurrección de Israel, realizada por el Espíritu de Dios. “De ahí deriva un esquema teológico análogo al de la conversión de san Pablo: en primer lugar está el poder de Dios, que con su Espíritu opera la resurrección como una nueva creación. Este Dios, que es el Creador y es capaz de resucitar a los muertos, es también capaz de reconducir a la unidad el pueblo dividido en dos. Pablo – como y más que Ezequiel – se convierte en instrumento elegido de la predicación de la unidad conquistada por Jesús mediante la cruz y la resurrección: la unidad entre los judíos y los paganos, para formar un solo pueblo nuevo. La resurrección de Cristo extiende el perímetro de la unidad: no sólo unidad de las tribus de Israel, sino unidad entre hebreos y paganos; unificación de la humanidad dispersa por el pecado y aún más unidad de todos los creyentes en Cristo”.
La elección de este pasaje del profeta Ezequiel como tema de la Semana de oración 2009 se la debemos a los hermanos de Corea, los cuales “en la división del pueblo hebreo en dos reinos se han visto reflejados como hijos de una única tierra, que las circunstancias políticas han separado, parte al norte y parte al sur. Y esta experiencia humana suya les ha ayudado a comprender mejor el drama de la división entre los cristianos”. El Papa afirmó a continuación: “Dios promete a su pueblo una nueva unidad, que debe ser signo e instrumento de reconciliación y de paz también en el plano histórico, para todas las naciones. La unidad que Dios da a su Iglesia, y por la cual rezamos, es naturalmente la comunión en sentido espiritual, en la fe y en la caridad; pero nosotros sabemos que esta unidad en Cristo es fermento de fraternidad también en el plano social, en las relaciones entre las naciones y para toda la familia humana”.
La oración de estos días, continuó el Papa, se ha hecho también intercesión para las diversas situaciones de conflicto que actualmente afligen a la humanidad: “la fuerza profética de la Palabra de Dios no disminuye y nos repite que la paz es posible, y que nosotros debemos ser instrumentos de reconciliación y de paz. Por eso nuestra oración por la unidad y por la paz pide siempre ser comprobada con gestos de reconciliación entre nosotros los cristianos. Pienso también en Tierra Santa: qué importante es que los fieles que viven allí, como también los peregrinos que allí acuden, ofrezcan a todos el testimonio de que la diversidad de los ritos y de las tradiciones no debería constituir un obstáculo al mutuo respeto y a la caridad fraterna. En la legítima diversidad de las distintas tradiciones debemos buscar la unidad de la fe, en nuestro ‘sí’ fundamental a Cristo y a su única Iglesia. Y así las diferencias no serán un obstáculo que nos separe, sino riqueza en la multiplicidad de las expresiones de la fe común”.
En la conclusión de la homilía el Santo Padre recordó que el 25 de enero de 1959, hace cincuenta años, el beato Papa Juan XXIII manifestó por primera vez, en la Sala Capitular del Monasterio de San Pablo, después de haber celebrado la Misa Solemne en la Basílica, su voluntad de convocar “un Concilio ecuménico para la Iglesia universal”. “De aquella providencial decisión – afirmó el Pontífice –, sugerida a mi venerado predecesor, según su firme convicción, por el Espíritu Santo, derivó también una contribución fundamental al ecumenismo... Los frutos de los diálogos teológicos, con sus convergencias y con la identificación más precisa de las divergencias que aún permanecen, empujan a proseguir valientemente en dos direcciones: en la recepción de cuanto ha sido alcanzado positivamente y un compromiso renovado hacia el futuro”. (S.L.) (Agencia Fides 26/1/2009; líneas 62, palabras 986)

sábado, 20 de diciembre de 2008

"SACERDOTES LEGIONARIOS DE CRISTO"


EUROPA/ITALIA - Hoy 20 de diciembre en la Basílica de San Pablo, 49 diáconos de la Congregación de los Legionarios de Cristo serán ordenados sacerdotes; provienen de 13 naciones de América y de Europa
Roma (Agencia Fides) – El sábado 20 de diciembre a las 9.30 en la Basílica de San Pablo Extramuros, 49 diáconos de la Congregación de los Legionarios de Cristo serán ordenados sacerdotes por el Card. Angelo Sodano, Decano del Colegio Cardenalicio. Se renueva así una bella tradición que está en el corazón de todos los Legionarios: las ordenaciones a pocos días de la Navidad. En este modo se quiere ofrecer a la Iglesia un simbólico regalo: algunos nuevos sacerdotes, listos para servir al Santo Padre con espíritu de humildad y total adhesión. En el mismo momento, los neo sacerdotes recibirán de la Iglesia un regalo que iluminará por siempre su vida: la configuración sacramental con Cristo.
Treintaicuatro de los futuros sacerdotes fueron ordenados diáconos el 29 de junio del 2008, primer día del Año Paulino. San Pablo ha sido también invocado por los Legionarios de Cristo como protector especial de la congregación. Los candidatos al sacerdocio tienen una edad entre los 29 y los 37 años. Han pasado entre 10 y 14 años de estudio, de apostolado y de misión, desde el día de su ingreso a uno de los noviciados de la Legión de Cristo. Provienen de trece países: México (23), España (6), Estados Unidos (4), Alemania (3), Brasil (3), Argentina (1), Colombia (2), Italia (2), Canadá (1), Chile (1), Francia (1), Irlanda (1), Venezuela (1). A ellos se agregan otros cuatro Legionarios de Cristo que fueron ordenados precedentemente.
En las historias personales de los nuevos sacerdotes se pueden encontrar experiencias de todo tipo. Benjamín, mexicano, era un experto de baile tradicional en su país. Nicola, italiano, cultivaba una gran pasión por la música y a los 18 años tocaba la guitarra en grupo de rock. Héctor, mexicano, a los 17 años participó como actor en la obra “La leyenda de los cinco soles” con más de cincuenta presentación en París.
Hoy la Congregación de los Legionarios de Cristo está presente en 20 países con unos 800 sacerdotes y más de 2500 seminaristas. Tiene 125 casas religiosas y centros de formación. Dirige más de 200 centros educativos y más de 600 centros dedicados a la formación y al compromiso apostólico de laicos. (S.L.) (Agencia Fides 18/12/2008; 29 líneas, 396 palabras)

jueves, 13 de noviembre de 2008

UN LIBRITO PARA CONOCER A SAN PABLO


Cuando los obispos son a la vez teólogos y unen la profundidad de los conocimientos a la vocación didáctica pueden resultar obras de gran interés. Los Padres de la Iglesia eran, muchos de ellos al menos, ambas cosas. Permítaseme esta evocación de la Antigüedad cristiana con ocasión de un pequeño libro que acabo de comprar y de leer: “En camino con san Pablo” de Carlo Ghidelli, editado por Paulinas (Madrid 2008, 79 páginas, 6 euros).
Carlo Ghidelli es un biblista italiano. Pero, a esta trayectoria personal y profesional, que ha cristalizado en numerosas publicaciones, se añade su condición de pastor de la Iglesia. De hecho, desde el año 2000, es el arzobispo de Lanciano-Ortona, en Italia. Y el libro que presentamos, “En camino con san Pablo”, es una carta pastoral que el Arzobispo dirige a sus diocesanos: “no sería procedente – escribe – que nos comprometiésemos únicamente en iniciativas de carácter exterior, como peregrinaciones y exposiciones, sin ponernos previamente a conocer en serio las Cartas de Pablo: éste es el principal motivo de esta carta”.
El libro está dividido en trece capítulos, cuyos títulos paso a enumerar para proporcionar una idea adecuada de su contenido: 1. La personalidad de Saulo/Paulo; 2. El encuentro de Damasco; 3. Páginas autobiográficas; 4. Pablo visto por Lucas; 5. Pablo en el Concilio de Jerusalén; 6. Pablo teólogo; 7. Teología cristocéntrica; 8. Pablo místico; 9. La paradoja paulina; 10. Pablo pedagogo; 11. Pablo misionero; 12. Pablo y nosotros; 13. Un posible itinerario.

El estilo del escrito, como corresponde a una carta pastoral, es profundo pero, a la vez, asequible. No requiere, para su lectura, especiales conocimientos. En particular, el capítulo 13 ofrece una guía pedagógica para adentrarse en las Cartas paulinas. Propone empezar por la Carta a los Filipenses y, siguiendo un itinerario de dificultad ascendente, concluir con la Carta a los Hebreos.
¿Qué quieren que les diga? Que ya he encargado ejemplares para distribuir entre mis feligreses. Ojalá que se cumpla lo que el Arzobispo expresa en la conclusión de su escrito: “Mi mayor deseo, en este año que dedicamos a un mayor conocimiento de san Pablo y sus cartas, es que nos anime a amar y a seguir con fidelidad a Jesús, el Señor".

Guillermo Juan Morado.

BASÍLICA DE LETRÁN



La Basílica de Letrán, edificada por el emperador Constantino y dedicada en el año 324, es la catedral del Papa, la sede del Sucesor de Pedro, Obispo de Roma y Pastor de la Iglesia universal. Desde el siglo XI, la Iglesia Romana celebra la fiesta de la dedicación de la Basílica de Letrán el día 9 de noviembre. Esta Basílica es llamada “cabeza y madre de todas las iglesias de la Urbe y del Orbe” y constituye un punto de referencia para todos nosotros porque nos recuerda nuestra unión con el Papa. Como enseña el Concilio Vaticano II, el Sumo Pontífice “es el principio y fundamento perpetuo y visible de unidad, tanto de los obispos como de la muchedumbre de los fieles” (Lumen gentium 23). Sin el Papa, y mucho menos contra el Papa, no podemos vivir plenamente el misterio de la unidad de la Iglesia.
El “templo” es la morada de Dios entre los hombres; el ámbito privilegiado para encontrase con Él. Los israelitas veneraban el templo de Jerusalén. Y Jesús mismo comparte esta veneración y este respeto. Al expulsar a los mercaderes del templo, les dice: “No hagáis de la Casa de mi padre una casa de mercado” (Juan 2,16). Pero el templo de Jerusalén es prefiguración del Misterio de Cristo. La morada de Dios entre los hombres, el verdadero “lugar” de encuentro con Él, no es tanto un edificio construido por hombres, sino la misma Persona de Cristo, el Verbo encarnado, el Hijo de Dios hecho hombre. Cuando el Señor profetiza la destrucción del templo, en realidad estaba hablando, como anota San Juan, “del templo de su cuerpo”, destruido en la muerte de cruz y levantado a los tres días por su gloriosa resurrección. El Cuerpo del Señor Resucitado es el Templo definitivo de Dios, “el lugar donde reside su gloria”.

Esta “personalización” del templo nos permite comprender también las palabras de San Pablo cuando dice: “Sois edificio de Dios (…), sois templo de Dios” (cf 1Corintios 3,9-11.16-17). Los cristianos, unidos al Señor por el Espíritu Santo, hechos miembros de su Cuerpo, somos en el mundo el Templo donde Dios habita. Como enseña Benedicto XVI, a propósito de la doctrina eclesiológica de San Pablo, “se supera también [al decir vosotros “sois templo de Dios”] el concepto de un espacio material, para transferir este valor a la realidad de una comunidad viva de fe. Si antes los templos se consideraban lugares de la presencia de Dios, ahora se sabe y se ve que Dios no habita en edificios hechos de piedra, sino que el lugar de la presencia de Dios en el mundo es la comunidad viva de los creyentes” (Audiencia, 15 de Octubre de 2008).
Si Cristo es el Templo definitivo y nosotros, unidos a Él, formamos parte de ese Templo; más aún, somos ese Templo, ¿qué papel le corresponde a las iglesias visibles, a los lugares santos donde nos reunimos para orar y alabar a Dios? Podemos decir que los edificios visibles destinados al culto son templos – en plural - que significan y manifiestan el Templo – en singular -. Lo más importante no son las iglesias de piedra, sino la Iglesia, la comunidad de los creyentes, en la que Dios habita y se hace hoy, en medio del mundo, cercano a los hombres.
Debemos cuidar nuestros lugares de culto, procurando que sean bellos y acogedores. Y este cuidado de los edificios visibles nos impulsará a nosotros a ser santos para así hacer presente, con mayor transparencia, la santidad y la belleza de Dios.

Escrito por Guillermo Juan Morado.

lunes, 10 de noviembre de 2008

LECTURA DE LA CARTA DEL APÓSTOL SAN PABLO A TITO ( 1, 1--9 )



Yo, Pablo, soy servidor de Dios y apóstol de Jesucristo, para conducir a los elegidos de Dios a la fe y al pleno conocimiento de la verdadera religión, que se apoya en la esperanza de la vida eterna. Dios, que no miente, había prometido esta vida desde tiempos remotos, y al llegar el momento oportuno, ha cumplido su palabra por medio de la predicación que se me encomendó por mandato de Dios, nuestro salvador. Querido Tito, mi verdadero hijo en la fe que compartimos: te deseo la gracia y la paz de parte de Dios Padre y de Cristo Jesús, nuestro salvador.

El motivo de haberte dejado en Creta, fue para que acabaras de organizar lo que faltaba y establecieras presbíteros en cada ciudad, como te lo ordené. Han de ser irreprochables, casados una sola vez; y sus hijos han de ser creyentes y no acusados de mala conducta o de rebeldía. Por su parte, el obispo, como administrador de Dios, debe ser irreprochable; no debe ser arrogante, ni iracundo, ni bebedor, ni violento, ni dado a negocios sucios. Al contrario, debe ser hospitalario, amable, sensato, justo, piadoso, dueño de sí mismo, fielmente apegado a la fe enseñada, para que sea capaz de predicar una doctrina sana y de refutar a los adversarios.

Palabra de Dios.

domingo, 2 de noviembre de 2008

SAN PABLO


Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 6,3-9

Hermanos: Los que por el bautismo nos incorporamos a Cristo fuimos incorporados a su muerte. Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que, así como Cristo fue resucitado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva. Porque, si nuestra existencia está unida a él en una muerte como la suya, lo estará también en una resurrección como la suya. Comprendamos que nuestra vieja condición ha sido crucificada con Cristo, quedando destruida nuestra personalidad de pecadores, y nosotros libres de la esclavitud al pecado: porque el que muere ha quedado absuelto del pecado. Por tanto, si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él; pues sabemos que Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más; la muerte ya no tiene dominio sobre él.