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lunes, 6 de mayo de 2013
CRUZADA DE ORACIÓN
viernes, 1 de marzo de 2013
BENEDICTO XVI DEJA EL VATICANO Y PARTE PARA CASTEL GANDOLFO
Saludo de Benedicto XVI al Colegio Cardenalicio en Roma
Últimas palabras de Benedicto XVI
jueves, 1 de noviembre de 2012
CATEQUESIS DEL PAPA
TEXTO COMPLETO: Catequesis del Papa sobre el hecho de que la fe nace de la Iglesia
VATICANO,
31 Oct. 12 / 11:01 am (ACI).-
Queridos hermanos y hermanas,
Proseguimos
nuestro camino de meditación sobre la fe católica. La semana pasada he mostrado
que la fe es un don, porque es Dios quien toma la iniciativa de venir a
nosotros, y es una respuesta con la cual lo recibimos como verdad y cimiento
estable de nuestra vida. Es un don
que transforma la vida, porque nos hace penetrar en la misma visión de Jesús,
que obra en nosotros y nos abre al amor a Dios y a los demás.
Hoy
me gustaría dar un paso más en nuestra reflexión, empezando de nuevo con
algunas preguntas: ¿la fe tiene un carácter sólo personal e individual?
¿Interesa sólo a mi persona? ¿Vivo mi fe por mi cuenta? Por supuesto, el acto
de fe es un acto eminentemente personal, que tiene lugar en lo más profundo de
mi ser y que marca un cambio de dirección, una conversión personal: es mi vida
la que recibe un cambio de ruta.
En
la liturgia del Bautismo, en el momento de las promesas, el celebrante pide
manifestar la fe católica y formula tres preguntas: «¿Creéis en Dios Padre
todopoderoso, Creador del cielo
y de la tierra?; ¿Creéis en Jesucristo? y, por último, ¿Creéis en el Espíritu
Santo? Antiguamente, estas preguntas se dirigían personalmente al que iba a
recibir el Bautismo, antes de sumergirse tres veces en el agua. Y aún hoy, la
respuesta es en singular: "Creo".
Pero
mi creer no es el resultado de mi reflexión solitaria, no es producto de mi
pensamiento, sino que es el resultado de una relación, de un diálogo en el que
hay un escuchar, un recibir y una respuesta, es la acción de comunicar con
Jesús la que me hace salir de mi "yo", encerrado en mí mismo, para
abrirme al amor de Dios Padre. Es como un renacer, en el que me encuentro unido
no sólo a Jesús, sino también a todos aquellos que han caminado y caminan por
el mismo camino, y este nuevo nacimiento, que comienza con el Bautismo,
continúa a lo largo de toda la vida.
No
puedo construir mi fe personal en un diálogo privado con Jesús, porque Dios me
dona la fe a través de una comunidad creyente, que es la Iglesia y me inserta en
una multitud de creyentes, en una comunión, que no es sólo sociológica, sino
que tiene sus raíces en el amor eterno de Dios, que en Sí mismo es comunión del
Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, es Amor trinitario. Nuestra fe es
verdaderamente personal, sólo si es comunitaria: puede ser mi fe, sólo si vive
y se mueve en el "nosotros" de la Iglesia, sólo si es nuestra fe, la fe de la única
Iglesia.
Los
domingos, en la Santa Misa,
rezando el Credo, nos expresamos en primera persona, pero confesamos
comunitariamente la única fe de la Iglesia. Ese "Creo", pronunciado de
forma individual, nos une al de un inmenso coro en el tiempo y en el espacio,
en el que cada uno contribuye, por decirlo así, a una polifonía armoniosa en la
fe. El Catecismo de
la Iglesia Católica lo resume
claramente así: "Creer" es un acto eclesial. La fe de la Iglesia precede, engendra,
conduce y alimenta nuestra fe. La
Iglesia es la
Madre de todos los creyentes. "Nadie puede tener a Dios
por Padre si no tiene a la
Iglesia por Madre" (San Cipriano de Cartago – Catecismo
de la Iglesia
Católica n.181). La fe nace en la Iglesia, conduce a ella y
vive en ella. Esto es importante recordarlo.
En
los comienzos de la aventura cristiana, cuando el Espíritu Santo desciende con
su poder sobre los discípulos en el día de Pentecostés
–como se relata en los Hechos de los Apóstoles
(cfr. 2, 1-13) – la Iglesia
naciente recibe la fuerza para llevar a cabo la misión que le ha confiado el
Señor Resucitado: difundir en todos los rincones de la tierra el Evangelio, la
buena noticia del Reino de Dios, y guiar así a cada hombre al encuentro con Él,
a la fe que salva.
Los
Apóstoles superan todos los miedos al proclamar lo que habían oído, visto, y
experimentado personalmente con Jesús. Por el poder del Espíritu Santo,
comienzan a hablar lenguas nuevas, anunciando abiertamente el misterio del que
fueron testigos. Los Hechos de los Apóstoles nos narran luego el gran discurso
que Pedro pronuncia, precisamente, en el día de Pentecostés.
Comienza
con un pasaje del profeta Joel (3, 1-5), refiriéndolo a Jesús, y proclamando el
núcleo central de la fe cristiana: Aquel que había beneficiado a todos, que
había sido acreditado en Dios con prodigios y grandes signos, ha sido clavado
en la cruz y
matado, pero Dios lo ha resucitado de entre los muertos, constituyéndolo Señor y
Cristo.
Con
Él entramos en la salvación definitiva anunciada por los profetas y el que
invoque su nombre será salvado. (cfr. Hch 2,17-24). Al escuchar las palabras de
Pedro, muchos se sienten interpelados personalmente, se arrepienten de sus
pecados y se hacen bautizar, recibiendo el don del Espíritu Santo (cfr. Hch 2,
37-41).
Así
comienza el camino de la
Iglesia, como comunidad que lleva este anuncio en el tiempo y
en el espacio, comunidad que es el Pueblo de Dios fundado sobre la nueva
alianza, gracias a la sangre de Cristo, y cuyos miembros no pertenecen a un
determinado grupo social o étnico, sino que son hombres y mujeres provenientes
de toda nación y cultura.
Es
un pueblo ‘católico’, que habla lenguas nuevas, universalmente abierto para
acoger a todos, más allá de todo confín, demoliendo todas las barreras, como
afirma san Pablo: "Por eso, ya no hay pagano ni judío, circunciso ni
incircunciso, bárbaro ni extranjero, esclavo ni hombre libre, sino sólo Cristo,
que es todo y está en todos. "(Colosenses 3,11).
La Iglesia, por tanto, desde
el principio, es el lugar de la fe, el lugar de la transmisión de la fe, el
lugar en el que, mediante el Bautismo, estamos inmersos en el Misterio Pascual
de la Muerte y
Resurrección
de Cristo, que nos libera de la esclavitud del pecado, nos da la libertad de
hijos y nos lleva a la comunión con el Dios Trinitario. Al mismo tiempo,
estamos inmersos en la comunión con los demás hermanos y hermanas en la fe, con
todo el Cuerpo de Cristo, sacados de nuestro aislamiento.
El
Concilio Vaticano II
lo recuerda: "Dios quiere salvar y santificar a los hombres, no
individualmente y sin ningún vínculo entre ellos, sino que quiere hacer de
ellos un pueblo, que Lo reconozca en la verdad y fielmente Lo sirva"
(Constitución dogmática Lumen gentium, 9).
Recordando
aún la liturgia del Bautismo, notamos que, en la conclusión de las promesas en
las que expresamos la renuncia al mal y repetimos "creo" a las
verdades centrales de la fe, el celebrante dice: "Esta es nuestra fe, ésta
es la fe de la Iglesia
y nosotros nos gloriamos de profesarla en Cristo Jesús Señor nuestro. "La
fe es la virtud teologal, es decir, dada por Dios, pero transmitida por la Iglesia a lo largo de la
historia. El mismo San Pablo, escribiendo a los Corintios, afirma haber
comunicado a ellos el Evangelio que a su vez también él había recibido (cf. 1
Cor 15:3).
Hay
una cadena ininterrumpida de la vida de la Iglesia, de anuncio de la Palabra de Dios, de
celebrar de los Sacramentos,
que llega hasta nosotros y que nosotros llamamos Tradición. Ella nos da la
seguridad de que lo que creemos es el mensaje original de Cristo, predicado por
los Apóstoles. El núcleo primordial del anuncio es el acontecimiento de la Muerte y Resurrección del Señor,
de donde mana todo el patrimonio de la fe.
Dice
el Concilio: "La predicación apostólica, que se expresa de un modo
especial en los libros inspirados, debía ser entregada con sucesión continua
hasta el fin de los tiempos". Constitución Dogmática. Dei Verbum, 8). Por lo
tanto, si las Sagradas Escrituras contienen la Palabra de Dios, la Tradición de la Iglesia la conserva y la
transmite fielmente, para que los hombres de todas las épocas tengan acceso a
sus vastos recursos y puedan enriquecerse con sus tesoros de gracia. Por eso la Iglesia, cito una vez más
el Vaticano, "en su doctrina, en su vida y en su culto transmite a todas
las generaciones todo lo que ella es y todo lo que ella cree" (ibid.).
Por
último, quisiera destacar que es en la comunidad eclesial que la fe personal
crece y madura. Es interesante observar como en el Nuevo Testamento la palabra
"santos" se refiere a los cristianos en su conjunto, y ciertamente no
todos tenían las cualidades para ser declarados santos por la Iglesia. ¿Qué es lo que
se quería indicar, con este término? El hecho de que los que tenían y vivían la
fe en Cristo resucitado estaban llamados a convertirse en un punto de
referencia para todos los demás, poniéndolos, así, en contacto con la Persona y con el Mensaje
de Jesús, que revela el rostro de Dios vivo.
Esto
vale también para nosotros: un cristiano que se deja guiar y poco a poco
configurar por la fe de la
Iglesia, a pesar de sus debilidades, sus limitaciones y sus
dificultades, se convierte como una ventana abierta a la luz del Dios vivo, que
recibe esta luz y la transmite al mundo. El Beato Juan Pablo II en la Encíclica Redemptoris
missio afirma que "la misión renueva la Iglesia, refuerza la fe y la identidad cristiana,
da nuevo entusiasmo y nuevas motivaciones ¡La fe se refuerza donándola!
La
tendencia, hoy generalizada, de relegar la fe al ámbito privado contradice su
propia naturaleza. Tenemos necesidad de la Iglesia para confirmar nuestra fe y experimentar
juntos los dones de Dios: su Palabra, los Sacramentos, el sostén de la gracia y
el testimonio del amor. Así nuestro "yo" en el "nosotros"
de la Iglesia
podrá percibirse, al mismo tiempo, destinatario y protagonista de un
acontecimiento que lo sobrepasa: la experiencia de la comunión con Dios, que
establece la comunión entre los hombres.
En
un mundo donde el individualismo parece regular las relaciones entre las
personas, haciéndolas cada vez más frágiles, la fe nos llama a ser Iglesia,
portadores del amor y de la comunión de Dios para toda la humanidad (cf.
Constitución Pastoral. Gaudium
et Spes, 1).
domingo, 16 de septiembre de 2012
VIAJE DEL PAPA BENEDICTO XVI A LÍBANO
El Papa ha hecho "un llamamiento a todos a
trabajar por la paz" durante su homilía en la Misa celebrada en el City
Center Waterfront de Beirut en la cual los medios libaneses estimaron la
participación de más de 300 mil personas.
Así, en el último día de su viaje apostólico en Líbano, el
Pontífice ha implorado "particularmente al Señor que conceda a esta
región de Oriente Próximo servidores de la paz y la reconciliación, para
que todos puedan vivir pacíficamente y con dignidad".Asimismo, ha realizado otro llamamiento a trabajar por la paz "cada uno como pueda y allí dónde se encuentre" por lo que ha resaltado la importancia del "testimonio esencial que los cristianos deben dar aquí, en colaboración con todas las personas de buena voluntad".
Esta Celebración Eucarística en el City Center Waterfront de Beirut se ha realizado en ocasión de la publicación de la exhortación apostólica post-sinodal de Oriente Medio 'Ecclesia in Medio Oriente', 'Iglesia en Oriente Próximo' que él mismo Benedicto XVI firmó el pasado 14 de septiembre en la Basílica de 'St Paul' de la ciudad de Harissa, el texto es fruto de la Asamblea Especial del Sínodo de los Obispos realizada en el Vaticano del 10 al 24 de octubre de 2010, por lo que estuvieron presentes alrededor de 300 obispos de todo Oriente Próximo.
Al llegar el Papa fue recibido por el alcalde que le entregó las Llaves de la ciudad y por el patriarca de Antioquía de los Maronitas y presidente de la Asamblea de los Patriarcas y de los Obispos Católicos del Líbano (APECL), su Beatitud Béchara Boutros Raï que dirigió unas palabras. Además ha asistido a la Misa el Presidente de la República junto a otras personalidades institucionales.
Durante su homilía, el Papa ha saludado a los demás patriarcas y obispos de las iglesias orientales, a los obispos latinos de las regiones vecinas, así como a los cardenales y obispos procedentes de otros países y ha recordado que el próximo 11 de octubre iniciará el Año de la fe en el cual espera que "todo fiel se comprometa de forma renovada en este camino de conversión del corazón" por lo que a lo largo de todo este año el Pontífice ha animado "vivamente, a profundizar vuestra reflexión sobre la fe, para que sea más consciente, y para fortalecer vuestra adhesión a Jesucristo y su evangelio".
Por otra parte, Benedicto XVI ha destacado que "el camino por el que Jesús nos quiere llevar es un camino de esperanza para todos" y ha subrayado que el servicio es "una exigencia imperativa para la Iglesia y, para los cristianos, el ser verdaderos servidores, a imagen de Jesús" ya que "es un elemento fundacional de la identidad de los discípulos de Cristo".
En este sentido, "la vocación de la Iglesia y del cristiano es servir, como el Señor mismo lo ha hecho, gratuitamente y a todos, sin distinción. Por tanto, en un mundo donde la violencia no cesa de extender su rastro de muerte y destrucción, servir a la justicia y la paz es una urgencia, para comprometerse en aras de una sociedad fraterna, para fomentar la comunión", ha añadido.
Asimismo, el Papa ha indicado que "el servicio debe entrar también en el corazón de la vida misma de la comunidad cristiana" en todo cargo en la Iglesia, por lo que "éste es el espíritu que debe reinar entre todos los bautizados, en particular con un compromiso efectivo para con los pobres, los marginados y los que sufren, para salvaguardar la dignidad inalienable de cada persona".
Al finalizar, se ha dirigido a los que sufren "en el cuerpo o en el corazón" y ha insistido en que su dolor "no es inútil" porque "Cristo servidor está cercano a todos los que sufren" y "Él está a su lado" por lo que ha auspiciado que encuentren en su camino "hermanos y hermanas que manifiesten concretamente su presencia amorosa, que no los abandonará" por lo que ha solicitado que "Cristo los colme de esperanza" enviando una bendición a toda la región de Oriente Próximo para que conceda el don de la paz.
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Gracias Dios Padre por Benedicto XVI, por la sabiduría, templanza que proviene de Tu Santo Espiritu. Gracias mi Dios